El valor de unas lágrimas

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Tras el pitido final en Mestalla, sobre el terreno de juego se pudo contemplar el momento más emotivo de esta primera jornada en La Liga.

Fuente: Getty Images

En la tarde del sábado, se disputaba en la capital del Turia el partido correspondiente a la primera jornada entre la Real Sociedad y el Valencia CF. El encuentro, igualado y disputado en todo momento, tuvo varios protagonistas; entre ellos, Ander Barrenetxea.

El partido transcurría con total normalidad. En la primera parte, una Real dominadora plantó cara al vigente campeón de Copa y lo puso contra las cuerdas en algunas ocasiones. Sin embargo, fue el conjunto ché el que se adelantó en el marcador. Kevin Gameiro nada más comenzar la segunda mitad iba a transformar el primer y único gol de la tarde para el equipo valencianista.

El ánimo de los donostiarras no decayó. Siguió con el plan trazado por Imanol Alguacil durante la media hora restante, pero el gol no llegaba. El equipo se empezaba a impacientar, las ocasiones desperdiciadas estaban pasando factura en los últimos minutos. Entonces, el técnico oriotarra decidió cambiar a Joseba Zaldua por Ander Barrenetxea.

El joven donostiarra, jovencísimo de hecho, se colocó en el lateral derecho, puesto en el que para nada estaba acostumbrado a jugar. Saltaba al campo con la presión de poder aportar al equipo lo que realmente necesitaba en esos momentos. 
Desafortunadamente, en una jugada fortuita, sin intención, el jugador donostiarra cometió penalti, ya en el tiempo de descuento. El jugador llegó tarde, metió la pierna y el árbitro señaló la pena máxima. Un penalti tonto, lo que la mayoría de veces es considerado “error de infantil”. El jugador lo sabía, el entrenador, sus compañeros, y la grada.

Fue entonces cuando Gameiro lanzó el balón a las nubes. El marcador no se movía, y el equipo txuriurdin buscaba el gol, hasta que en la última jugada del partido Mikel Oyarzabal transformó el penalti señalado a la Real por una mano de Coquelin. El partido concluyó con un 1-1 pero todavía no se había terminado todo.

Fuente: Getty Images

Cuándo el árbitro señaló el final del partido, Barrenetxea, el protagonista de la desafortunada jugada del penalti rompía a llorar en el centro del campo. Tras acumular tanta tensión, impotencia y rabia, todo esto se transformó en lágrimas de liberación. Algunos de sus compañeros le arroparon y le animaron en un momento tan especial. Un recuerdo que sin duda al joven futbolista no se le va a olvidar.

Una demostración de que el fútbol no solo son 11 jugadores dándole patadas a un balón, que no solo es el negocio en el que se ha convertido hoy en día. El amor a unos colores no cambia con el tiempo.

Fuente: Mundo Deportivo

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